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domingo, 11 de abril de 2010

Espera (Girondo style)

Nunca hubiera podido matar a alguien con dinamita o algún explosivo de mecha. No es que tenga problema con los cuerpos desmembrados ni las vísceras. Son esos pocos segundos entre que enciendes y la persona en cuestión explota los que me sacan de quicio. Eso de la espera nunca se me ha dado. Prefiero subir las escaleras –qué son 10 pisos cuando tienes prisa– a esperar a que el elevador se tome la molestia de bajar y llevarme a donde me compete.

No soy persona de fechas: me es más fácil suponer que todos los días son mi cumpleaños y que todos los días son Navidad. El resto del tiempo cuento las horas para que llegue la noche y también para que llegue el día. Cuando me toca un semáforo en rojo, recuerdo la inevitabilidad del verde y lo tomo por sentado al acelerar. Cuando tenemos sexo nunca lo espero y me derramo tan pronto como puedo.

Aunque estoy completamente equipada para ello, no podría tener un hijo que no se apresure a nacer al día siguiente de ser concebido.

Hay poco que no haya podido remediar, siendo yo la persona más práctica que conozco. La última ocasión que me viene a la mente fue cuando mi madre, a unas horas de morir, hizo el esfuerzo de hablarme. Me pidió que me acercara a la cama y me dijo que esperaba que pronto me hiciera buena muchacha. Ahí, mi madre acabó con su suspiro: no alcanzó el brillo de mis ojos antes de irse con la tranquilidad distintiva de quien ya no debe nada.

viernes, 12 de marzo de 2010

Tengo ese extraño impulso de escribir cuando alguien me espera

Un texto de alguien más.

Un rottweiler negro no me deja ir. La calle esta mojada y el camino es cuesta abajo. Usando tacones me doy cuenta que cada pieza cae en el lugar que le corresponde, los tacones son piteados, como los cintos, como las botas. Vaya, esta muy obscuro para irme caminando hasta el centro, pero me he enojado con un amigo que se ha puesto como cola de perro, hasta atrás, se ha quedado en un sillón acompañado de alguien, de música que nadie escucha y de luz amarilla. Y resulta que esto es algo que ya no soporto tanto, antes podía alargar lo que fuera, incluso si estaba pasándolo mal o cuando daba igual estar ahí o en un columpio por una hora y media. ¿Porqué vamos a lugares llenos de gente que no nos cae bien? Sólo contribuye a la idea de hacer resúmenes en casa con todos los datos absurdos e impactantes sobre lo que nos gusta, porque algún día, algún día cuando sea posible tener un plan, nos van a servir de algo. A dos cuadras del escape, intentando no hacer ruido porque he visto al animal, cuando es demasiado tarde para tomar precauciones, se aparece detrás del arbusto y su vista la tiene en mí. Me gustan los perros, no los he observado tanto, pero este vaya que tiene músculos. Yo me quedo inmóvil, el se acerca. Me chupa los dedos y yo le toco su cabeza. Se emociona y brinca, se para en dos piernas, me pisa y no se va de mí. Avanzo, al menos eso intento hasta el final de la cuadra. Los dueños salen de su casa para llamarle, un nombre que no recuerdo. Pero el no escucha, me sigue dibujandome círculos y brincandome encima. Era puro amor. Los dueños me dicen es todo lo que puedo hacer, pero para que te libres de éste va a estar difícil. Lo sé. Tengo la extraña sensación de que todo podría terminarse en un momento a dos cuadras de que se termino el fin de semana evitando a muchos de los que me frecuentan, a dos cuadras de tomar conciencia que tacones piteados no siempre son la mejor opción y a mil cuadras del centro, con un rottweiler negro encima. No pretendo ser un líder de opinión, me daría pena serlo y el mundo estaría lleno de tazones para cereal, caricaturas y de un término que conocí ayer observational humor, pero es el camino es el que se vive.

-- "Tengo ese extraño impulso de escribir cuando alguien me espera", por Sinceramente Rocamadaur.

martes, 23 de febrero de 2010

En guardia (Mal chiste)

Mi terapeuta dice que no me estoy concentrando y que por eso me quedo a medias.

Es como si me fijara en cada nudo de árbol o bichito de la sierra en lugar de avanzar hacia la cima. Pero ¿qué tipo de persona querría llegar al tope de la montaña para que luego le digan que ese fue todo el viaje?

Según ella es normal, que no todos están acostumbrados a dejarse llevar. Algunas personas nunca llegan a ningún lado, me dice. No sé si sentirme ofendida. Uno de mis trabajos es coordinar proyectos y eso significa que sí sé lo que significa acabar las cosas. Sé que si logras lo que has prometido, la gente es feliz, te felicita y te da dinero.

A mi novia no la culpo por su sonrisa quebrada y torcida cuando me reconoce a medio templar en su cama. A medio cocer, como los niños que no llegan al cielo por quedarse varados en el limbo. Pero varados a gusto, como no queriendo bajarse del celo de la montaña rusa o no soltarse de una canción en loop que dejaste en el estéreo. Mi terapeuta también me dice que es normal que alguien sienta que tiene la culpa, así como cuando uno cree que pudo haber evitado tener cáncer comiendo más verduras.

Lo mío, lo mío, no llega a lo patológico; más bien es un bache del cuerpo, o una frígida en el arroz, como decía mi madre. Sin embargo, sin miedo a ser recursiva a la Hofstadter, puedo asegurar que si sigo yendo con esa terapeuta es porque definitivamente quiero que acabe eso de no poder acabar. Adiós a los malos cuentos, a las historias con finales chuecos.

Escucho y atiendo las instrucciones de su plan que sobresimplifican cualquier intento: que me relaje, que disfrute, que me deje hacer. Si no es suficiente, pues que me clave con alguna escena del YouPorn. Pero esa misma noche no me funciona. Mi chica, yo y su Mirada De Desapruebo. Trato de explicarme como siempre, el fondo justificando la forma. Se desespera y dice que me deje de enredos (como si ése no fuera el problema mismo) y entonces la respuesta me viene simple frente a su mirada negra y la de sus pezones. Simple, sencillo: no cierro los ojos.

Como si el mundo estuviera lleno de gente que se queda en el camino, me encontré a mí misma leyendo uno de esos foros de discusión donde los problemas sexuales se ventilan a granel. Debería de sentirme afortunada por poder dormir. Todavía ronco, me regaña, hay vigilia, pero ninguna como cuando absorbo las posiciones que toma para alcanzarme, como guardia de sus posturas. Mis ojos sobre sus manos sobre mis caderas. Mis ojos sobre sus manos sobre mis manos. Mis ojos sobre sus ojos sobre mis ojos sobre un espejo. Un reflejo que se retuerce. Una pierna encima de un hombro. Unos labios que se parten. Una pupila que desaparece. Una tensión de piel. Una cárcel. Entre más incómoda mejor. Y ni modo que tomarle foto de cada una de sus unicidades y estar en contra de todo mi sistema antirreligioso: la omnipotencia, la memoria perpetua, un Funes el memorioso para asuntos pornográficos, orden de momentos de cómo nos esparcimos más, nos jalamos más adentro y con un costo claro. Como una balanza del empirismo, eso que la vista gana lo pierde el tacto. Como hambriento con caña en mano, se me revienta la línea del deseo a medio pez. O mejor, como su escritora profesional de chistes, me tiene loca por el remate hasta que el sol nos pega en las espaldas. O, está de más decirlo, hasta que el escucha de planta acabe formalmente la hora.

martes, 9 de febrero de 2010

O de omelette

“Escríbeme”, dijo mientras me daba la espalda, llevándose las últimas palabras obscenas que se me habían ocurrido. Aunque teníamos tres o cuatro estudiantes de medicina al lado, me había atrevido a murmurarle algo de su boca entreabierta mientras se venía en mi mano. Lo llamábamos el desayuno, lo primero al llegar la luz. Pero nos había ganado la maldita prisa, y quizá por eso llegué a tenerla frente a mí esa misma tarde.

No había piedad: me apuntó con sus caderas en plena escuela. Comimos entre insultos cariñosos y los rizos ya apaciguados de su cabello. Difícilmente me concentraba en otra cosa que no fuera lo que teníamos pendiente. “Sosteniendo erecciones fantasma desde 1997”, me dijo, como si supiera de mis punzadas. Dónde encontrar un lugar cerca para perdernos, el refugio donde los estudiantes calientes se resguardan cuando no pueden regresar a casa. “O para los que sus prestaciones no cubre una puerta en el cubículo”, comenté, apenada de toda mi clase media.

Paseamos por las tres escuetas calles que estaban alrededor de la facultad buscando alguna triste covacha. Nos sorprendían los silencios en el espacio, las cocheras semivacías, las esperanzas de lengua sobre labios partidos entre las fachadas hogareñas. Pero en cada rincón los estudiantes brotaban como enredaderas de entre las paredes, volteando las esquinas, asomándose por el balcón, otros más corriendo para salvaguardar minutos de clase (igual que ella desprendiéndose de mi mano). Logramos desaparecer en la calle Salamanca por unos segundos antes de que el olor añejo a jugo de naranja de un enorme camión de basura disipara cualquier dejo de sexo mañanero. Ahí encontré más punzadas, una figura tras otra, el temblor: una patrulla cargada de policías que se llevaban al carajo la humedad a punta de pistola. “Namás faltan los bomberos”, ella se burlaba de mí mostrándome sus dientes planos.

Daban las 2 de la tarde. Maldije mi cartera vacía y el alto costo de sus besos ante tanto testigo. Con el deseo derrotado, nos enfilamos a la oficina sin privacidad. “Si nos la aventamos aquí a lo mucho nos pesca un albañil o un obrero, pero con esos es de dejarse meter mano”, sugerí, tratando de hacerla reír, aunque no había mucho por hacer en el ámbito de lo no estúpido. Bien podíamos subirnos a un camión para apretujarnos entre los pasajeros (milagroso ruta 69), o mejor, encontrar la forma de rentar uno de esos cuartos para estudiantes foráneos, semiamueblados con cable, Internet y servicios, durante sólo 10 minutos. Imanes o amantes, es lo mismo.

Lo más atemorizante, sin embargo, era que entre más le hablaba de nuestras posibles aventuras más me echaba los labios. Y ni qué hacerle. Era un movimiento imperceptible para todos excepto para quienes hemos pasado con ella uno y otro amanecer encadenado, como cigarros que se fuman en serie. Le decía ‘ahí, a darle’ y asentía en mi dirección. Su nariz era una invitación recta: estar vientre-boca con boca, lazo de cuerpos de Moebius, desayunarnos con los dedos, le decía a distancias poco razonables de su oído. De nuevo, me movía el trance de las palabras: erguía imágenes obscenas y con ritmo igual que cada mañana, un puente sobre aquel mar de testigos pasivos que no dejaba encallar más que en un estruendoso y crujiente dolor de güevos.

lunes, 8 de febrero de 2010

Instrucciones para desahogarse

Accidente no pudo haber sido nuestro segundo nombre, pues la conocí siguiendo líneas punteadas que me llevaron a ella. Como reportera y domicilio conocido, fue el lugar al que me arrastré sin hacer muchas preguntas. Obvias como rincón donde escondes los dedos. Como deseos que formulas y que son inmediatamente cumplidos. Fantasías negociables. Arquitectura erógena. Extensa documentación de los cuerpos. Mapa de las estaciones amorosas. El Libro de los Amores Que No Son Fortuitos. Nada de retraso, juego, búsqueda de circunstancias y todos esos males que vienen con La Conquista.

Gratificación instantánea, como cuando le tiras una galleta a un perro que aún no ha hecho nada.

Terminé en ese antro en jueves por las didascalias que recogí en el camino a casa. Ni siquiera estaba vestida como debía, pero supongo era parte del plan. Cuando la vi, o más bien, cuando sus ojos de venado asustado me hicieron verla, hice lo que nunca: le guiñé el ojo izquierdo (siempre he creído que el derecho es mi mejor lado). Me acerqué. Le pedí un trago, en lugar de invitarle una bebida. Cedí a la plática de coqueteo, a pesar de retorcerme por dentro como clip doblado, adelantándome al dolor de perderla.

Me hice la difícil con sus preguntas, aunque deseaba que fuéramos igual de fáciles.

No era yo, pero funcionaba, como pasa con los buenos romances.

Eso sí, la besé en el momento más inapropiado de la noche. Cada elemento del lugar me decía que no: las bocinas soltaban una ranchera, alguien me había vaciado su cerveza encima y nos habíamos salido a empujones de la pista. Ella estaba completamente enfurecida, mostrándome sus dientes planos como repisa de trofeos.

Ahí decidí por única vez y la vida no se me cayó a pedazos. Como Lo Vi En Televisión, se erigió la estructural relación de su lengua con la mía.

En ese sentido, resulté más correcta que lo correcto.

En menos de una hora escapamos de la mano, seguras que algo había cambiado del futuro. Obedientes, seguimos las instrucciones para desahogarnos y más complementarias, más ideales nos hicimos. Los nudos se ataban rápido: en secreto, la sostenía entre mis brazos por años. Repasamos la lista de coincidencias en la plática de almohada, lo cerca que habíamos estado todo ese tiempo y cómo no nos habíamos topado.

Una desgracia, pensé, al tenerla hecha polvo en la mano.

Una gran desgracia la idea de ella dándome la espalda en la pista, la idea de no ficcionarla, de equivocarme en toda la extensión de mi pecho, de echarnos a perder tantito antes de cajetearla como todos.

lunes, 3 de agosto de 2009

dos mujeres

les escribo con pluma porque no pienso arrepentirme
les escribo en nuevo porque se lo merecen
les escribo lento para que se emocionen
les escribo versos que no intento que rimen
porque hoy dos mujeres me han escrito
no me han descrito bonita
me han hablado despacito
que me conocen desde siempre
desde antes que yo tomara la pluma
y supiera dónde acabar una línea
les escribo a cada una
les escribo acelerada como si me masturbara
porque una de las dos o las dos me han tomado por sorpresa
más o menos cuando la lluvia te cae
no en el paraguas sino en la cabeza
de las dos mujeres no hago una porque ni a una la conozco
sé su nombre y su referente
y las palabras suficientes
para hacerlas hablar
una de ellas está en mi ciudad
la otra es nómada vigente
(o más bien errante, inconstante y divergente)
hoy es el día que no marqué en mi calendario
pero igual es un día distinto
dos mujeres me han hablado
a quemarropa y por escrito
me hablaron como si tuvieran
un secreto que las hubiera poseído
como si fueran un barco (en la mar de existencia) perdido
como si las palabras les supieran a pan
y encallaran en las orillas
les desgajaran la corteza
(antes mujeres que sencillas)
evitaron el centro
de cualquier obviedad esperada
me atosigaron con imágenes de ideas encerradas
no hay nada que pueda hacer
para tratar de evitarlas
estoy sentada frente a ellas
frente a una pantalla
pero todas esas mujeres
(las mil y un nombradas
que no son dos sino una multitud
de mujeres rebanadas)
están lejos de ser abrazadas
(como caminos enredados en los árboles de una emboscada)
(como espacios en blanco en una décima cercanamente rimada)
(como una botella llena que aún no ha sido tomada)
más bien:
(en esa botella,
dos mujeres a horcajadas
mensajes en una botella
de dos que no buscan ser salvadas)

martes, 22 de enero de 2008

la mujer de mis sueños es aburrida. no tiene nada qué contar ni nada que presumirme. todo le da igual. cuando me escribe me hace preguntas cualquiera y mis respuestas no le importan. platicamos y el tiempo pasa, no se detiene, sus palabras no son especiales. me hacen querer ser mediocre. querer las cosas como vienen.

la mujer de mis sueños me hipnotiza. la primera vez que la vi me fijé en su mentón a pesar del humo del cigarro que había alrededor. su mentón es cuadrado, como su corazón, y su cabeza es redonda. siempre se hace el cabello para atrás y cuando se emborracha se lo suelta. es negro y lacio, como carreteras recién construidas que te encaminan a su frente. podría dibujar millones de figuras geométricas sobre ella. su lengua hace espirales en mi boca. cuando cierra los ojos, veo medias lunas.

la mujer de mis sueños es casi un hombre. porque se para con los hombros cayendo hacia los lados, con la hueva en las pantorillas. en cualquier momento se rascará la entrepierna. porque usa blusas polo que sacó de cualquier lado y no usa una gota de maquillaje. es calavérica, si le paso las manos por su pecho no me voy a detener. es ingeniera y quisiera que un día me construyera una casa donde pueda vivir sin ella.

martes, 7 de noviembre de 2006

me miraste de reojo, me miraste con los ojos y tal vez no. dijiste algo de que nos iban a cortar la luz y el agua pero yo no te hice caso. no te hice caso como al resto de tus gritos. no te dí lo que necesitabas tan esencialmente. te tenía encerrado en un cuarto, atado a las sillas de madera y también a mis exigencias. eras como mi mascota, como el compañero que siempre quise. cómo decirte. pero sí podías reclamarme. porque habías aprendido varias palabras, así como los loros imitan, podías decirme 'quiero' podías decirme 'no lo hagas' podías gritar 'cállate'. dolía como si pensaras. dolía como si significaras las palabras. tal vez lo que yo necesitaba era una planta.

después de varios días te dejé salir. que te creciera el pelo donde te había puesto las ataduras, porque empezabas a verte asqueroso. mi decisión se convirtió en arrepentible, claro, como el solo hecho de compartir espacio contigo. de que usaras mi cepillo de dientes y esas cosas. yo había empezado a hacer la lista de pros y cons para saber si realmente quería seguir contigo después de tantos años. no se me ocurrió preguntarte.

un día me tardé en volver después del trabajo. había evitado a los cobradores del demonio durante semanas y se querían llevar los sillones. no me importó no avisarte. sabía que ibas a poder sobrevivir con los restos de comida que no habían caído dentro del bote de la basura. nunca habías sido demasiado recatado en eso. cuando volví me estabas esperando a la puerta. escuchaste el rechinido del carro a lo lejos. sabías que era yo, y tu cuerpo reaccionaba a ello. estabas feliz. querías tumbarme con fuerza y besarme. como antes. pero tus manos estaban sucias, dejaban huellas en mi blusa. en el cuarto las sábanas estaban demasiado revueltas, desgarradas a mordidas, como si hubiéramos sido tres en lugar de dos, como si hubiera alguien más aparte de tú y yo, un tercer animal, y cuando te busqué parado al lado de la puerta, me mirabas saliente. tus polaroid y tus calcetines en un gran bolso negro que ni siquiera era tuyo. te llevaste lo último del cereal también y todos los papeles que había debajo del colchón. a lo mejor ese otro te dijo. le llaman rencor pero yo digo abandono. desde que te fuiste a las calles en busca de un nuevo hogar, el olvido me sabe a pura agua porque se me acabó el café y queda esperar a que vengan por mí del banco vital donde no tengo más crédito. estoy buscando la nota donde diga que se me fue todo en puras deudas del corazón.

miércoles, 1 de noviembre de 2006

dos dedos que caminan paso a pasito por la cara interna del muslo hasta que se pierden. la mitad de tu cuerpo se asoma por la puerta semiabierta y tu madre que no ve tus ojos blancos porque hace rato ya que se alejó de esos viajes. quién dijo que estas cosas son seguras, o deben de ser seguras o deben ser seguras. te pregunta algo acerca de mañana, pero no hay que contestarle: los padres siempre están hipnotizados en sus moralismos. quiero decirte que hay algo más que este momento, pero nos venimos en silencio. tu madre se va, se cierra la puerta, y te digo que tu familia no es mejor que las demás y que estas cosas siempre pasan.

jueves, 15 de junio de 2006

a veces escojo un mes al azar y te leo,

a veces escojo un mes al azar y te leo, y pienso que no batallé tanto en encontrarte. que estabas ahí desde el principio y que yo te estaba mirando en un pedazo de cielo translúcido, como el director de la gran obra que me dicen que es la vida. estabas tú en monterrey, y yo también estaba contigo pero en otra parte. estabas tú envuelta en jabón, haciendo bolas tu cabello contra el chorro de agua en tu casa, y estaba yo, esperando para bañarme en las mañanas antes de salir a buscarte. estabas tú viajando a velocidad por las grandes avenidas de la industria, y yo caminando, hinchando mis pies, entre los vestigios de transporte urbano. estabas tú, mordiéndole el cabello a otra persona, y yo me dejaba palpar en un rincón oscuro de la huasteca. estabas tú viendo pasar todos los cadáveres de tus conocidos antes de conocer lo que querías, y yo miraba el ataúd de mi primo antes de ser sepultado en san pedro. estabas tú inmaculada, y yo, pudriéndome hoja por hoja de los tejabanes. estabas tú deseando ser yo y yo deseando desearte tanto como lo hacía a mi afincado hogar. estabas tú desde entonces escribiendo y yo también, con las mismas palabras, en la misma ciudad, en los mismos meses, pero separadas por algo que no puede constreñirse más que dando un gran click de distancia.